Hoy murió Saramago y aunque soy conciente de que es un ciclo más con el que debemos vivir los vivos, la tristeza no deja de hacerse sentir. Los sentimientos de pérdida hoy son más pesados que de costumbre. Llorar por él es algo que no me apetece, ni viene bien (aunque no esté segura), en cualquier caso no puedo evitarlo. Repasar sus pensamientos tan sencillos y directos me hacen sentir una persona 'especial'. Y agradezco esa osadía, porque la infundió él, sin una pretensión más allá que la pulsación de su escritura, de su contemplación hecha grafía. ¡Y de qué manera! Cosa que a mí me interesa llamarle buena voluntad. Un hombre de buena voluntad. ¿Cuántos de este tipo conozco realmente? ¿Puedo decir hoy que conozco -o debo decir, conocí- a Saramago?
Reclamada por sus pensamientos -por inagotables imágenes que nítidamente cincelaba en cualquier trozo de papel (porque desde siempre escribió, no es cierto que lo empezó a hacer de mayor, de mayor le llegó la fama), y aunque casi siempre lo hacía en uno de sus múltiples cuadernos, fue un escritor constante en alejarse de sinonimias pretensiosas y artificios verborreicos, tan abundantes hoy en cada esquina- : fui y sigo siendo más humana.
Pero no porque amé más o comprendí mejor a eso que llamamos humanidad. A mí la humanidad me interesa tanto como abrazar el pesimismo que me hace ser o intentar ser mejor persona cada día. Un ‘pesimismo’ que aspiro llevar con dulzura, pero sobre todo con mucho orgullo, porque el mundo fabuloso no es (ni ha sido ni será) y me gusta poder expresarlo así, sin tener miedo a un castigo divino. Ni a descontarte de ser un par amistoso cerca de mí.
Me gusta poder llamar las cosas por su nombre, pero me gusta más aprender cada día nombres nuevos y si es preciso divergentes para reemplazar cada palabra o añosa idea. Conceptos con los que intercambiar o desechar todo aquello que ya no me sirve.
Decía que no fue su cortesía blanda ni sus gotitas de pensamientos positivos ni sus esperanzas en un dios-todo-poderoso, que-todo-lo sabe-y todo-lo resuelve lo que me hizo mirar la humanidad de un modo amable. No. Los hombres y las mujeres son eso, sólo hombres y mujeres, intercambiables en función de muchas cosas. Transactores que (con suerte) tienen algo de ética y amor propio para recibir y ofrecer algo sin pedir nada a cambio. Sin reclamar perdón, permiso o amor incondicional, entre otras “necesidades humanas”. (La lista larga y no apta para vergonzosos fáciles y ofendidos pundonorosos.) La humanidad que aprendí con este grandioso Ser portugués (entre tantas) es que la codicia está presente en casi todas las instancias de nuestras vidas. Profundicé por medio del crisol envidiable que fueron sus ensayos, poemas, crónicas y novelas a desaprender. A escoger y otorgarle valor a aquello que no se puede apalabrar. Y esto ya es mucho decir.
A decir no sin temor a las pluriemergentes creencias o a las mismas certidumbres gastadas. No puedo declararme atea como él, pero tampoco temo que en el fondo así sea. No me parece que eso me aleje de la intelección y el cariño que me une a Saramago, es sólo que me guía más su ateismo que cualquiera de los dogmas predominantes. Alejada de ellos es como visualizo cualquier oportunidad de seguir creciendo.
Esa mirada diáfana y complicada al mismo tiempo (sobre todo para quien busca la verdad congregándose en los sitios en nombre de Dios) me alejó sin vergüenza de posturas caprichosas y en cualquier caso, dicen: “bien-intencionadas”. Las ‘intenciones del bien’ no pueden querer prevalecer sobre las demás, no pueden ser voluntariosas. El mundo es muy ancho y ajeno para hablar de verdades o sosiegos inamovibles.
Por eso hoy con toda la emoción que me embarga quiero decir que a través de su “percepción naturalista”; de los sueños (y el verdadero descanso que evocaba leerlo); de su pensamiento crítico y su desprendida fraternidad, de su humildad (profesada a través de la pobreza en la que vivió la mayor parte de su vida. Objetivamente distanciado de las más vanas y absurdas posesiones que otros, con el dios entre los dientes, profesan) puedo decir que sí, lo conocí. Y su humildad hoy se me funde-con nostalgia y me entristece saber que tendré a uno menos e inestimable a quien leer. Pero me alegra sinceramente comprender, que para entender un poco la gran humanidad no hay mejor cosa que estar a solas conmigo.































